Para todas las culturas y tradiciones humanas la semilla ha sido una representación de fuente de vida y de un nuevo comienzo. Desde esta simbología, en los diferentes países del mundo se habla de tener hijos y sembrar en ellos los valores correctos para que logren cosechar los mejores frutos.

De igual manera, existe una concepción universal de que el fruto del trabajo y del actuar serio y honesto es uno de los mejores placeres para cualquier persona.

Así, desde la semilla y el fruto, es la manera de comenzar y comprender una historia del campo colombiano llena de anécdotas, retos, obstáculos y triunfos que hoy son la mejor representación de la mujer floricultora, de su empuje, tenacidad y aporte al desarrollo familiar.

Edelmira Chacón Castro es una mujer que dedicó su vida a las flores y que gracias a esta actividad se pensionó hace menos de un mes. Hoy se prepara para lanzar su propio emprendimiento que, con anhelo y felicidad, dice preferir mantener en secreto.

Nació, creció y se casó en el campo, un lugar en el que ha vivido toda su vida y del cual no quiere separarse. Oriunda de Ubaté, y luego de vivir en Gachalá, se radicó con su esposo en Tocancipá, municipio a 49 kilometros de la capital de Colombia, Bogotá, en el que su hermana trabajaba en una finca floricultora.

Aunque su esposo tenía empleo, y gracias al empuje y ganas de salir adelante que caracteriza a la mujer rural en Colombia, Edelmira quien ya contaba con su primera hija, decidió apoyar la apretada economía familiar y buscar ocupación en una finca de flores de exportación.

Así, como ella lo dice, sin conocer nada de flores, dio en 1990 su primer paso hacia una carrera que hoy la enorgullece. Inició desempeñando las funciones más básicas del cultivo, aprendió cada día, y año tras año creció laboralmente en la misma finca que le abrió las puertas, hasta convertirse en el 2005 en su directora de postcosecha.  

“Yo tenía una oportunidad, quería demostrarme que era capaz. Cada nuevo cargo era más difícil y me esforzaba por aprender. Estuve en las áreas de corte y de plantas madre, apoyé diferentes procesos y en 1994 sabía todo sobre desbotone y manejo de camas para cultivar. Por experiencia y resultados fui ascendida en 2003 al área de control de calidad”, dice emocionada Edelmira.

El ascenso se dio por una convocatoria a la que fue postulada por sus compañeros. Ella la ganó y estuvo en ese puesto durante dos años más. En 2005, con dos hijas y un hijo que junto a su esposo habían educado con sacrificio, ejemplo y los valores del trabajo, la constancia y la responsabilidad, le ofrecieron ser la directora de postcosecha.

“Cuando me lo propusieron sentí miedo, pero no demoré 10 minutos en decir que sí. Lo que pensé fue que, aunque yo no tenía ni bachillerato, había sido capaz de superarme. Ahora debía enseñarles también a mis hijos que había que responder a la confianza, porque gracias a mi trabajo en el cultivo habían estudiado y teníamos una casa. Sin embargo, las flores aun me iban a dar mucho más, asegura Edelmira con un pequeño suspiro.

Hoy sus hijas Claudia Marcela, Nubia Esperanza y Sebastián, de 36, 34 y 26 años respectivamente, son profesionales gracias en gran parte a la floricultura, y lo que hace mucho más especial esta historia es algo que, con seguridad, hace reflexionar nuevamente sobre la semilla y el fruto.

Aunque Sebastián decidió estudiar ingeniería industrial en la Universidad Militar con el sueño de trabajar en el mundo empresarial que caracteriza a las grandes ciudades, el amor por el campo de sus padres, el ejemplo del hogar, la floricultura y el trabajo de su mamá, lo llevarían a ser su aprendiz, su compañero y su jefe, todo al mismo tiempo.

Desde pequeño fue muy inquieto e iba de manera regular al trabajo de su madre. Cerca de los invernaderos jugaba y armaba figuras con las cajas donde se empacaban las flores. Sus visitas lo hicieron muy conocido en la finca floricultora y se ganó la estimación de los dueños, los jefes y los trabajadores.

Al crecer y comenzar sus estudios universitarios se interesó por la logística, la innovación, la calidad y la mejora continua en las empresas. Al llegar a casa escuchaba a su mamá hablar de las máquinas que compraban en la finca para mejorar la producción y la calidad de los procesos. Sin casi darse cuenta, trabajadora y estudiante compartían intereses comunes desde una perspectiva organizacional.

Al realizar sus prácticas universitarias el hijo menor de Edelmira adquirió las primeras habilidades en tecnología, logística e innovación. Por curiosidad seguía acudiendo al cultivo para ver las máquinas en acción. Esto le sirvió para complementar sus estudios y hablar con los jefes que le conocían desde hace mucho tiempo.

“Luego de graduarme, mi mamá me seguía contando lo que hacían en el cultivo, yo seguía visitándola para mirar las máquinas, y a la par estaba estudiando automatización. Las cosas se fueron encarrilando solas y en algún momento la directora de proyectos le preguntó qué hacía yo en la empresa que estaba trabajando”, asegura Sebastián.

Así en 2023, el mismo cultivo de donde Edelmira se pensionaría en un año, decidió proponerle a su hijo ser parte del equipo de mejora continua y liderarla en el área de postcosecha.

“Fue casi un año el que alcanzamos a trabajar antes de que se pensionara. Fue muy satisfactorio. Trabajar con la persona que, a lo largo de mi vida con su ejemplo en el trabajo y en el hogar, me enseñó valores fundamentales y que se debe estar abierto al cambio, me inspiró y me hizo admirarla aún más”, dice con algo de melancolía Sebastián”.

La jefe y el asesor empezaron a trabajar juntos. Ella, como líder del área en el cultivo que le enseñó todo al respecto. Él como asesor e implementador revisó todas las actividades para hacer más fáciles los procesos, tomar tiempos de movimientos y aplicarlos a la logística. Luego, juntos implementaron lo desarrollado conjuntamente.

“Gracias a la floricultura, la semilla que sembré con mi trabajo hoy se ve representada en mi hijo y su fruto nos ha permitido crecer de manera individual y como familia. Me pensioné y aunque estoy feliz, extraño mucho a mis compañeros. Solo puedo decir que espero que esa misma semilla le haya servido de algo a los más de 60 colaboradores con los que trabaje”, dice Edelmira para culminar esta historia con lágrimas en los ojos, antes de despedirse.  

La floricultura en Colombia emplea mas de 200.000 personas formales, de estos, 110.000 son empleos directos de los cuales el 60% son empleados por mujeres y de esos el 55% son cabezas de hogar. El sector floricultor representa el 28% de los trabajos formales en el agro colombiano y el 70% del total de empleos formales femeninos en el agro en el país.

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