En el barrio donde todos la conocen como la señora Emilia, el tiempo parece detenerse cada mañana cuando abre las puertas de su unidad de servicio. Entre colores vivos, juegos y voces pequeñas que la llaman con una confianza absoluta, comienza la rutina de una mujer que ha dedicado 28 años de su vida a proteger y acompañar el crecimiento de la niñez en Girardot.
María Emilia Castillo es madre comunitaria, pero también es guía, confidente, consejera y sostén emocional. Su vocación nació sin aspavientos, casi como un susurro, cuando comprendió que su propósito estaba en acompañar a las madres gestantes y abrir camino para los niños y niñas desde sus primeros pasos.
«Esta ha sido mi gran vocación por la enseñanza», afirma con la serenidad de quien ha entregado su vida a una labor que se ejerce con el alma.
Hablar de su trayectoria no la lleva a hablar de sí misma, sino del poder del trabajo colectivo. «Somos mujeres por las que un día el Bienestar Familiar hizo una apuesta», dice, reconociendo que esa oportunidad se transformó en liderazgo. Hoy, María Emilia es un referente en su comunidad: ha acompañado a generaciones enteras y ha visto, con orgullo, cómo aquellos bebés que un día sostuvo en sus brazos regresan ya como jóvenes y adultos a saludarla con cariño.
También reconoce que el camino no ha sido fácil. «Las madres comunitarias también lloran», confiesa. Lloran por los momentos difíciles, por las carencias que golpean la puerta… pero también —y con más fuerza— lloran de felicidad, al ver que su labor deja huella. Porque cada abrazo, cada ejercicio pedagógico, cada palabra de aliento a una madre gestante ha germinado en niñas y niños que crecen sanos, protegidos, amados.
Entre sus recuerdos más significativos está su formación con el SENA, una experiencia que —como ella misma dice— «fortaleció mis conocimientos y transformó mi unidad de servicio».Aprender, para María Emilia, ha sido una forma de honrar la responsabilidad que asumió hace casi tres décadas: brindar a la primera infancia un entorno digno, cálido y seguro.«Nos hemos capacitado cada vez más para potenciar nuestra labor», explica, convencida de que el crecimiento profesional también transforma familias.
Hoy, cuando el país reconoce y celebra el trabajo de las madres comunitarias, la historia de María Emilia se suma a las voces que el Bienestar Familiar ha decidido visibilizar: mujeres que sostienen comunidades enteras, que cuidan, alimentan, acompañan, enseñan y protegen, construyendo bienestar desde el territorio.
En Girardot, su nombre es sinónimo de cariño y respeto. En su comunidad, es un pilar. En la vida de cientos de niños y niñas, es un abrazo que permanece.
Y en el corazón de Colombia, María Emilia Castillo es, y seguirá siendo, una de esas mujeres que cada día siembra futuro: con paciencia, con amor y con la certeza de que transformar la vida de un niño es transformar el mundo.

